2 de noviembre de 2008
Un domingo feroz
Es un domingo feroz, como tantos otros, agravado quizá por la melancolía característica del otoño. Arrebujada contra el radiador del salón, apenas alcanzo a escuchar el tic tac del reloj entre los ruidos incesantes de la calle. Es como si el frío se filtrase por los cristales y detuviese las manecillas, liberándolas así de la carga del tiempo. Del mismo modo siento un vacío en el pecho: es la angustia cruel que surge entre el latido que se va y el latido que no llega. Es la desidia, el miedo, el dolor, la nostalgia; todos ellos se acumulan en mi corazón igual que las nubes en este cielo encapotado. Son los errores del pasado que regresan, y las incertidumbres del mañana que despiertan. Es un domingo feroz, de otoño, que me devora.
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